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  • David Conejero

Siempre...


Siempre. Sé que no está de moda decir “siempre”. Que suena a estafa. Que siempre parece que “siempre” pertenezca solo al presente, nunca al futuro, porque el futuro (ya se sabe) nunca se sabe.

Siempre. Sé que muchos lo dijeron antes. Yo, también. Y resultó ser que ese siempre, a veces sin saberlo y otras sabiéndolo temiéndolo, llevaba capucha de “a saberse”, gafas de sol de “ya veremos”, gabardina de “que dure mientras dure”. Resulta que ese siempre era un nunca como una casa. Y es que a veces pasa. Hay nuncas que en su juventud son siempres, y luego hay siempres que siempre lo fueron y siempre lo serán.

Siempre.

Siempre. A veces, cuando dices “siempre”, te suena en la cabeza la risa escéptica de algún amigo de esos que, por mucho que te quieran, siempre estarán un pelín resentidos con la vida (y ese resentimiento incluye el no creerse nada).

A veces, aunque el “siempre” te salga de dentro, te quedas pensando en todas las vueltas que da la vida y acabas mareándote. Porque siempre es siempre. Es ayer, hoy y mañana.

Siempre…

Nunca, como hasta ahora, había dicho tanto “siempre” mirando a otros ojos. Nunca lo había sentido tan fuerte. Y no. No lo sé. No sé dónde estaré a la vuelta de la esquina de tres mil mañanas, pero sí sé dónde querría estar si ese día fuera hoy.

Por eso nunca voy a dejar de decirte lo que todo mi pasado, mi presente y mi futuro gritan cuando te miro. Y lo que gritan es siempre. Y siempre es siempre.

(Tejetintas)





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